Ilustración: Carlos Simón

Pasaban cinco minutos de la medianoche y Elisa observaba aterrada el rellano a través de la mirilla de la puerta. Sólo llevaba puesta la camiseta roja desgastada con la que dormía y todo su cuerpo tenía la piel de gallina. Y no por el frío, que apenas percibía, sino por el espanto que estaba presenciando en temerario secreto. Su piel estaba reaccionando ante una gran amenaza que, para su desgracia, estaba muy próxima. Tan cerca se situaba del peligro que se obligó, para no ser descubierta, a respirar despacio para lograr expiraciones imperceptibles y a permanecer inmóvil, a pesar de los temblores con los que su sistema nervioso liberaba el miedo. Pero mantener el control resultaba muy difícil y su corazón latía tan agitado que Elisa temió que pudiera escucharse desde el otro lado de la puerta y acabar con su plan para mantenerse oculta. Y a salvo.

La pesadilla había comenzado unos minutos antes, cuando la arrancaron del sueño con un fuerte golpe que sonó, desde el apartamento de al lado, contra el tabique del cabecero de su cama. La chica no tardó en entender qué se había estrellado en la pared de su vecina Raquel, que vivía sola. Elisa encendió la luz, con la mano temblorosa, en cuanto comenzaron a resonar los alaridos de dolor que profería Raquel. Los gritos de gran angustia impedían que la joven pudiera racionalizar lo que estaba pasando. Puso mucha atención cuando distinguió que la voz aterrada de su vecina parecía alejarse y que salía del dormitorio. Tenía que actuar.

La joven se levantó de un salto y siguió el sonido de los lamentos de Raquel, que se escuchaban a través de las paredes, hasta la puerta de entrada. Dedujo que allí se detenía su vecina y escuchó otro fuerte golpe que no pudo identificar. Pronto entendió que ese impacto le había hecho callar y eso confirmó que estaba siendo atacada. Elisa quiso regresar a su dormitorio, dónde tenía el móvil para avisar a la policía, pero escuchó que se abría la puerta de Raquel. No podía perder la oportunidad de averiguar quién le había hecho daño y comprobar su estado. Lo que no se le pasó por la cabeza fue salir para ayudarla o si lo pensó, fue una idea que abandonó. Su plan era mantenerse oculta.

Se puso a observar el descansillo, a través de la mirilla, con la camiseta roja desgastada y la piel de gallina. Podría haberle mordido una rata en el tobillo y no haberse enterado. El miedo le obligaba a prestar atención afuera, no a sus pies descalzos. La luz del rellano estaba apagada y apenas podía distinguir nada con las luces de emergencia del edificio. Tan sólo alcanzó a reconocer los contornos de dos personas que salían del apartamento, aunque en desigualdad de condiciones. Advirtió que un hombre corpulento cargaba en su espalda el cuerpo de Raquel. Elisa temió que estuviese muerta porque no apreciaba movimientos de resistencia ni escuchaba ya un mínimo gemido. Constató que corría serio peligro si él descubría que era testigo de su espantoso crimen.

El hombre descargó sin ningún respeto a Raquel en el suelo, como si fuera un bulto de ropa, y se encendió un cigarrillo. La pequeña llama del mechero iluminó una parte del rostro del criminal. Mostró su boca de labios finos por la que asomaban unos dientes sucios, demasiado grandes y desordenados. Percibió por sus gestos que fumaba con tranquilidad, como si no tuviese un cadáver a sus pies. Esa demostración de sangre fría le hizo sentir muy débil, muy frágil. Y entonces, algo cambió en la actitud de ese monstruo, como si hubiese sido capaz de escuchar sus pensamientos aterrados, porque se acercó hacia su puerta. Elisa dio un salto hacia atrás chocándose con el cuadro de la pared y tirándolo al suelo. ¡Qué idiota! ¡No podía haberlo hecho peor! Se quedó muy quieta, deseando con todas sus fuerzas que no la hubiese pillado, más le valía si no quería acabar como Raquel. La chica agudizó los oídos, pero no escuchaba nada.

Por nada del mundo quería aproximarse a la entrada, pero sintió que debía asegurarse de que no la había descubierto o no podría volver a dormir el resto de su vida. Esta vez fue consciente del frío que la había invadido y sintió la necesidad de cubrir su cuerpo, sus piernas, sus brazos, en un vano intento de conseguir protegerse. Anduvo con pasos lentos, tan lentos que se volvieron invisibles, como si flotara, y pegó la oreja a la puerta. Silencio espeso. La chica continuó así unos instantes más obteniendo el mismo resultado. Ya solo le quedaba observar por la mirilla. Las fuerzas le abandonaban al recordar la boca de ese monstruo dominando la negrura del rellano. Ahora lamentaba no haber ayudado a Raquel porque comprendía lo que significaba estar en peligro. Por ella se atrevió a mirar para comprobar cómo se encontraba y si continuaba inmóvil en el suelo. Quizás él había escapado ante la posibilidad de haber sido descubierto y quizás podría socorrerla.

Las luces de emergencia apenas iluminaban el descansillo y la joven no consiguió percibir ningún movimiento ni distinguir a Raquel. Tras unos instantes de comprobación, valoró la posibilidad de que el criminal hubiera huido hasta que vio algo, una sombra, alguien indefinido que se agitaba en la oscuridad. Elisa apretó tanto su ojo contra el diminuto cristal que comenzó a sentir dolor. La chica gritó, hasta quebrar su voz, cuando un gran bulto se abalanzó contra su puerta golpeándola y sacándola de las bisagras. Corrió hacia su dormitorio para coger el móvil. Escuchó tras ella como el hombre embestía una vez más contra la madera y conseguía entrar en la casa. Elisa se apresuraba para llegar a su habitación y salvar su vida, pero él fue más rápido.

Eran las doce y cuarto de la noche cuando Miguel se despertó sobresaltado porque algo chocó contra la pared del cabecero de su cama. El fuerte golpe provenía de la casa de su vecina Elisa, que vivía sola.

Todavía quedaba mucha hora por delante y el dueño de la medianoche iba a disfrutar de ella hasta el último minuto. Sus labios finos, sus dientes sucios y grandes estaban dispuestos a sonreír hasta entonces. Y a fumar un merecido cigarrillo como premio final.

Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.

Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.