Me quedaré contigo

Fotografía de Esther Paredes

Me ha despertado un chasquido profundo. Temo que alguien camine sobre la madera de mi dormitorio y me asusto. Pero no. El desagradable sonido se ha producido en el interior de mi cuerpo. A mi pesar, descubro que mi cadera se ha partido mientras estaba dormida. Tras hacer algunas pruebas, puedo afirmar que mi pierna derecha ha quedado inservible. Aunque no me importa porque me he acostumbrado a no poder salir de la cama. La semana pasada perdí los dos brazos de la misma manera. Soy una muñeca a merced de una niña caprichosa que juega a romperme a pedazos. Debería haber prestado más atención al pacto que sellé con Laura, mi pequeña consentida, pero la desesperación absoluta nos provoca cometer locuras. Sobre todo, si son por amor.

Aunque me esfuerce, apenas tengo recuerdos anteriores a la noticia de mi enfermedad terminal. Mi mente se reinició cuando el médico nos comunicó, a Laura y a mí, que me quedaban pocos meses de vida. Desde entonces, fui sintiendo cómo mi sangre se espesaba contra mi voluntad y mi corazón se desinflaba con cada latido. ¿Y quién era yo para conseguir oponer resistencia? Sólo una madre devota. Cuando ya no fui capaz de levantarme de la cama, mi hija se sentaba a mi lado para dibujarme. Con sus pequeños ojos derramando tristeza, me explicaba que esos trazos infantiles le ayudarían a recordar mi aspecto cuando me hubiera ido. Sin embargo, al terminarlos, los destrozaba con rabia hasta convertirlos en trozos minúsculos e irreconocibles. A veces, incluso se los comía de tan frustrada como se sentía. Su mente inmadura no estaba siendo capaz de asimilar mi desaparición inminente y eso me asfixiaba tanto que mi pecho parecía estar a punto de partirse. Cuando me quedaba sola, cerraba los ojos, pedía que no fuese real lo que nos estaba pasando, suplicaba recuperar nuestra vida anterior, pero eso no sucedía por más que mi alma gritara exasperada. La pérdida de los brazos y la cadera no son nada comparados con el dolor que me provocaba ver cómo la vida, o más bien mi muerte, le estaba borrando a mi pequeña sus sueños inocentes. Se me rompía el corazón y estallaba con fuerza como si de un delgado cristal se tratase. ¿Qué sentido tenía tanto sufrimiento?

Desde hace unas semanas, ha sido mi cuerpo enfermo el que nos ha dado una segunda oportunidad, supongo que nos lo debía. Mi carne ha encontrado una manera de burlar a la muerte y se ha ido transformando en plástico, ahora soy una muñeca gigante. Laura se ha adaptado al cambio y juega conmigo cuando quiere. Y no puedo quejarme, no pienso hacerlo, pues ella es la razón de mi metamorfosis y mi sacrificio. Es cierto que, como todos los niños, es caprichosa y continúa sufriendo rabietas de vez en cuando. Me arrancó los brazos una tarde en la que una amiga del colegio se había burlado de sus zapatos. Y quizás hoy me ha partido la cadera porque la profesora le ha puesto demasiadas tareas para hacer en casa. Poco queda de mi cuerpo de plástico y debo tener un aspecto lastimoso desde que me cortara el pelo con sus tijeras de la escuela. Pero tengo que aprovechar los momentos que paso con Laura, mi pequeña crece muy deprisa y pronto dejará de jugar con muñecas. Y de necesitar a su madre. Entonces, sé que acabaré en el fondo de algún armario o en algún contenedor de basura. Sin embargo, seré feliz, soy feliz, porque mi vida tiene un sentido si ella recupera la alegría de contemplar el futuro.

Mi hija entra en la habitación. Me arranca la pierna derecha, no siento dolor, y me observa sonriendo mientras la sujeta con sus pequeñas manos. Nada nos gusta más que jugar juntas.

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Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.

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Esther Paredes Hernández

Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.