Fotografía de Esther Paredes

El silencio nocturno se rompía a martillazos con el vaivén de la mecedora. De pie junto a la puerta entornada, descalza, Andrea no sentía frío pues estaba arropada por la oscuridad que se había apoderado de su casa. Había decidido descubrir por qué Sergio entraba en el dormitorio del bebé durante la noche. En realidad, no quería saberlo, le aterraba la idea, pero sólo podría salvarle afrontando la verdad.

Hacía casi un año que Sergio le propuso tener un bebé. Andrea tenía dudas, pero su marido argumentó que ser padre era muy importante para él y que esperaba que lo entendiese, que su relación debía evolucionar formando una familia. Quedó claro que era una decisión crucial para Sergio hasta el punto de mantener la continuidad de su relación o plantear el fin de la misma. Ella se sintió presionada y se sumó al proyecto de crianza sin estar convencida.

En las siguientes semanas, el entusiasmo de Sergio aumentó al mismo ritmo que las dudas de Andrea. Su marido empezó a mostrar ansiedad porque el embarazo no se producía después de tantos meses intentándolo. Y comenzó a mostrarse distraído, frustrado y ella se sentía culpable. El problema estaba en ella, por su falta de ilusión con la maternidad, pero había optado por mentir a su marido y no sabía cómo confesar su traición.

Hasta que unas noches atrás, Andrea estaba inmersa en un sueño profundo del que le costó salir porque no entendía lo que le había despertado. Pronto dedujo que era el sonido rítmico de la mecedora recién adquirida. La que pensaban utilizar para ayudar a dormir al bebé cuando naciera. No encendió la luz y acarició el lado vacío de la cama que ocupaba Sergio. Prestó atención y pudo escuchar a su marido susurrar una nana con una voz extraña y fría. Era él quien estaba sentado en la mecedora. Sintió una punzada de miedo, ¿podía su mentira volverse peligrosa para su marido? El temor a ser descubierta le obligó a no comentar con él lo que había sucedido.

La madrugada siguiente, fue el sollozo lejano de un bebé lo que despertó a Andrea. Tuvo que abrir los ojos de par en par para asegurarse, de que, efectivamente, un niño lloraba en algún lugar de su casa. Tanteó las sábanas y Sergio no estaba. El bebé gemía sin consuelo y logró identificar que provenía de la habitación infantil. Pero eso no era posible. Andrea escuchó cómo su marido pronunciaba unas palabras con gran ternura que calmaron al pequeño. La noche recuperó el silencio y Sergio regresó al dormitorio. Ella fingió seguir dormida mientras él se acostaba con cuidado. Andrea necesitó preguntarle qué estaba pasando y, sin embargo, no quiso arriesgarse a conocer la respuesta.

Al otro día, Andrea esperó, con los ojos mirando al techo, a que se repitiese. El ritual nocturno comenzó con el llanto del bebé, en esta ocasión ya no sonaba tan lejano, y su marido se levantó de la cama. Pronto resonó el vaivén de la mecedora al ritmo de una canción de cuna susurrada y mecánica acompañada de gorgoteos infantiles agradecidos. No pudo soportarlo más y decidió comprobar que no eran imaginaciones suyas. Aunque las piernas le pesaban como si fuesen de piedra, caminó hacia la habitación que tanto pavor le provocaba. Y allí, descalza en mitad del pasillo, oculta por una puerta a medio abrir, quiso averiguar cómo era ese bebé que habitaba en la casa cuando llegaba la madrugada y que era real para su marido. Dio el primer paso hacia el umbral y levantó el brazo para empujar la puerta.

Pero se detuvo en seco cuando la mecedora comenzó a sonar cada vez más deprisa como si Sergio presintiese que ella estaba cerca. La sangre de Andrea bombeaba en su cabeza al ritmo de aquel balanceo enfurecido. El bebé comenzó a llorar muy fuerte, quizás atemorizado también por los movimientos bruscos, y se vio obligada a taparse los oídos porque el sonido le perforaba los tímpanos. Cerró los ojos cuando el dolor se tornó insoportable. El mundo, la noche, la negrura espesa comenzaron a girar a su alrededor hasta formar una espiral. Fue engullida por aquel remolino horrendo creado a partir de la culpa, de las mentiras y de la cobardía. Decidió rendirse y dejarse llevar.

Una mano se puso en su hombro y a Andrea se le escapó un alarido desde el rincón más profundo de sus entrañas. Distinguió la voz de Sergio, como un eco apagado al principio, que la estaba llamando mientras la abrazaba para rescatarla de ese agujero. Andrea abrió los ojos. La luz de la habitación del bebé estaba encendida y no era su marido quien ocupaba la mecedora. Ella se mecía hacia adelante y hacia atrás con un bulto entre los brazos del tamaño de un recién nacido. Su marido le preguntó preocupado qué estaba haciendo allí. Andrea, aturdida y cansada, dejó caer el bulto al suelo que resultó ser una pequeña manta de lana suave. Ella mantuvo silencio. En su cabeza el remolino de imágenes y sentimientos continuaban dando vueltas.

Sergio la llevó, sujeta por la cintura, hasta su dormitorio y la metió en la cama con mimo. Andrea hizo acopio de toda la fuerza que pudo y le contó lo que había sucedido las últimas noches. Él, sorprendido, le explicó que no había sucedido así, que era ella la que se sentaba en la mecedora del bebé. Aquello no tenía sentido para Andrea. Sin embargo, los ojos de su marido, preocupados y deseosos por obtener respuestas, le obligaron plantearse que le estaba diciendo la verdad. Andrea tragó saliva y sintió cómo le dolía la garganta por el llanto contenido. Le confesó que no quería ser madre y que no se había quedado embarazada porque continuaba tomando las pastillas anticonceptivas. Esa era la mentira que se había asentado en su hogar y que se hacía fuerte en las madrugadas.

Dos semanas después, había un nuevo despacho en casa de Andrea y Sergio, y una mecedora se vendía en una página de muebles de segunda mano. Ella dejó de levantarse por las noches porque su marido la protegía del frío cubriéndola con sus brazos.

Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.