Fotografía: Esther Paredes

Ana observó su reflejo en el escaparate de la tienda de ropa. Sí, había acertado poniéndose ese gorro de lana granate. Su pelo rizado y moreno, que le cubría la mitad de la espalda, sobresalía de él y se movía al son de sus pasos. Recordó cómo le gustaba a Marcos acariciarle los rizos en silencio. En esos silencios llenos de tiempo, de sosiego, que compartían los dos sentados en el banco de cualquier parque o en los escalones de cualquier plaza. En esos silencios, lo importante no era el lugar, sino su amor.

Unas semanas atrás, Marcos dejó de rozar su cabello. Y se mantenía callado la mayor parte del tiempo. No fue algo forzado para hacerle daño, era fruto de la decepción. Ana sufrió, sin rechistar, la incomodidad fría de la distancia porque ella se había saltado las reglas cuando permitió que sus sentimientos se centrasen en otro chico.

La joven buscó su imagen en otro escaparate y se detuvo. Se acercó al cristal temerosa. Quería escudriñar su rostro y constatar que había exorcizado la obsesión de sus ojos. Suspiró aliviada, sus pupilas oscuras estaban limpias del terrible error. Volvió a ponerse en marcha, esforzándose por mantener la cabeza alta y la mirada al frente, en un intento por recuperar la confianza en sí misma ahora que Marcos parecía ilusionado de nuevo. Comprobó la hora en su reloj de muñeca. Eran las 18:21 minutos. A través de los auriculares, comenzó a sonar “Lovely” de Billie Eilish.

21. Respiró, abriendo el pecho todo lo que podía, buscando un aliento que temió perder. Un escalofrío serpenteó por su espalda. La puerta de los secretos iba a abrirse y su cerebro acabaría convertido en un tornado si ella no lo impedía. Sin embargo, no estaba dispuesta a ver la realidad, el reflejo del escaparate ya le había mostrado lo que quería y con esa excusa bajó al trote las escaleras de la estación de metro. No quería hacer esperar a Marcos.

Recorrió los pasillos subterráneos con prisa y el calor le subió por el cuello. Se quitó la bufanda, se desabrochó el abrigo y entró en el andén. Observó con premura la pantalla electrónica. El próximo metro aparecería en un 1:21 minutos. Más calor. Más tormenta. La lana del gorro comenzó a producirle un molesto picor en la cabeza. Tenía que aguantarse porque quitárselo no era una opción.

Sacó los auriculares de sus orejas de un tirón, la música no le ayudaba a calmarse, y se recostó sobre la máquina expendedora de snacks. Cerró los ojos y recordó su pelo entre los dedos de Marcos acompañados de ese silencio pleno sin importar dónde. A lo lejos, el metro avisó de su llegada. Ana se sintió aliviada porque en unos minutos estarían juntos.

El metro frenó, abrió su boca acristalada y la chica subió forzando una actitud más distendida. En ese instante, el tornado cerebral parecía estar bajo su control. Optó por quedarse de pie junto a las puertas. Sólo tenía que aguantar el tipo durante cuatro paradas. Ana sacó el móvil del bolso para distraerse. Ninguna notificación nueva de WhatsApp. Al guardar el teléfono, se fijó en el chico que estaba al otro lado del vagón. Llevaba puesta una sudadera negra con un número estampado en blanco: 21.

Ana no podía dejar de mirar ese número. El chico se dio cuenta y le sonrió. Ella le dio la espalda y se encontró con su propio reflejo en el cristal. Ya no consideraba que el gorro le sentara tan bien y, para su amargura más profunda, la obsesión había regresado a sus ojos. El metro se detuvo en la siguiente estación y, aunque a Ana ya no le importaba lo que hiciera, el chico se bajó. Estaba tensa, temblorosa, debía hacer algo. Así que cogió el móvil y buscó la aplicación de Facebook, sabía que perdería la cobertura en cuanto el tren se pusiera en marcha. Enseguida encontró un nombre concreto: Dani M. Un perfil que visitó, mucho, demasiado, sin dormir, sin comer, sin Marcos, unas semanas antes.

Descubrió que el chico acababa de actualizar su estado: “A punto de subir al metro. Ganas de volver a casa.”. ¡Como ella! Tendría cobertura otros pocos segundos, así que esperó a ver si él compartía algo más. ¿Y si se encontraban? ¡¿Y si se encontraban?! Ana llegó a la siguiente estación mirando descaradamente por los cristales y fijándose en los rostros que cruzaban las puertas para comprobar si Dani se encontraba entre ellos. No tuvo suerte.

Las puertas del vagón se cerraron y el tren se introdujo como una bala en el túnel. Tal y como esperaba, su móvil se quedó sin señal. Ana decidió recorrer el tren de principio a fin. No iba a dejar pasar la oportunidad de verle. Llegó al último vagón sin haberle encontrado. Se quedó apoyada en una de las barras del vagón, con la mirada perdida mientras se sentía como una estúpida. Evitó verse reflejada en el cristal. Ya sabía lo que decían sus ojos. Quiso consolarse con la idea de que Marcos no iba a enterarse y que podría seguir ocultándole que Dani continuaba habitando en su interior, en una pequeña y fría cueva situada en alguna parte de su pecho.

Dani. 21 de octubre. El hospital. Marcos.

Ana se movió, sin soltar la barra de aluminio porque le faltaban las fuerzas, y cayó en la cuenta de que ella era la única que viajaba en todo el tren. Se quedó muy extrañada, recordaba que había subido gente en la estación anterior. La soledad, que desprendía la imagen de los asientos desiertos, le cayó encima como una losa. Quizás se merecía aquel vacío atronador por haberle mentido a Marcos, por haberse mentido a ella misma. Se dejó caer sobre un asiento abatida y al borde del llanto. Puso mucho empeño por controlar las lágrimas y volvió a ponerse la bufanda a modo de contención. Miró hacia un lado del tren para no verse en el cristal de la ventana. Descubrió aliviada que se había equivocado y que había un chico sentado en el otro extremo del tren.

Su necesidad de buscar consuelo, aunque viniese del contacto con un desconocido, la impulsó en dirigirse hacia él. El joven estaba muy quieto y miraba al frente. Ana dio un par de pasos y las luces del metro empezaron a parpadear. El tren se agitó dando fuertes tirones y provocando que se hiciese daño en la pierna al golpearse con una barra lateral. Ella ahogó un grito de dolor y sorpresa. Cuando la normalidad se restableció, con una sonrisa algo forzada, buscó la mirada cómplice del chico. La sonrisa desapareció en un segundo. El joven estaba sentado, sin que ella pudiese explicar cómo, mucho más cerca. Seguía inmóvil, mirando al infinito, y resultaba espeluznante. Por la proximidad, pudo ver el perfil de su cara y le reconoció.

Ana comenzó a sentir su cuerpo tan pesado que no podía reaccionar. O no sabía cómo hacerlo. Ese chico, la única persona que viajaba con ella en el tren y cuyo comportamiento le asustaba, era Dani. Aturdida, se sentó en el asiento que le quedaba más cerca. Buscaba algo de lógica a lo que estaba pasando. Decidió no llamar su atención hasta que decidiese cómo afrontar su encuentro. La joven se sentía con la obligación de aprovechar aquella coincidencia para darle a Dani una explicación de lo que había sucedido entre ellos.

No le quedaba mucho tiempo. Pronto llegarían a la estación en la que Marcos la esperaba. La luz volvió a funcionar mal. El vagón frenó con tanta fuerza que la chica salió disparada del asiento. Tuvo que apoyar las manos en el suelo para no acabar con la cara aplastada. En medio de la negrura, regresó a su asiento. Sintió cómo el frío recorría su cuerpo y tuvo que admitir que Dani le daba miedo. Esperó que las luces regresaran, reteniendo el aire en su pecho, mientras el tren continuaba quieto en aquella oscuridad pegajosa. Sintió un gran alivio cuando los tubos fluorescentes resplandecieron otra vez. Sin embargo, el sosiego le duró muy poco. Ahora el chico estaba sentado mucho más cerca de ella y continuaba mirando, serio, hacia adelante. Parecía ajeno a su presencia. Ajeno a la casualidad que los había unido aquella tarde en el metro. Ajeno a que ellos eran los únicos pasajeros que recorrían el túnel subterráneo.

Ana decidió hablar con él, a pesar de que temía su reacción. No se habían visto ni hablado desde el incidente del hospital. La joven se levantó y dio un par de pasos hacia el chico, pero se detuvo. Ahora que podía observarle con detenimiento, su manera de estar sentado, inmóvil, mirando a la nada sin pestañear, tan silencioso… le helaba la sangre. Tampoco entendía por qué se había acercado a ella de esa manera tan poco lógica. ¿Se estaba burlando de ella ¿Eso era? El tren se detuvo en seco otra vez y las luces se apagaron. Ella tanteó y acabó ocupando uno de los asientos próximos a Dani.

Los segundos pasaban y el vagón no volvía a la normalidad, así que Ana sacó el móvil para conseguir algo de visión. Entonces, con el silencio retumbando en sus oídos, escuchó las respiraciones rápidas del chico y temió que le estuviese dando un ataque de ansiedad. Como sucedió la última noche que estuvieron juntos. Lo valoró unos instantes y activó la linterna del móvil mientras pronunciaba su nombre y le preguntaba si se encontraba bien. No obtuvo respuesta. Las respiraciones de Dani eran lo único que escuchaba. Enfocó con la linterna del teléfono y no le encontró. Preocupada, enfocó la luz a diferentes puntos del tren y le descubrió de pie. Dani ya no miraba a un punto infinito, sino que tenía sus ojos fijados en ella, respirando cada vez más deprisa. Ana volvió a decir su nombre.

El tren dio un fuerte tirón, intentando arrancar, y el móvil se le escurrió de las manos y se cayó al suelo. Se agachó deprisa para recogerlo. Por el haz de luz de la linterna, pudo ver cómo el joven caminaba hacia ella. Antes de gritar, pudo sentir cómo Dani le arrancaba el gorro de lana descubriendo las cicatrices de su cabeza. Sintió el mismo terror que la noche que rodó escaleras abajo. Cuando él la empujó mientras le escupía en la cara que estaba harto de que le siguiera a todas partes. Obsesión. Acoso. Hospital. Me das asco. Me das pena. No puedo más. 21 de octubre.

Marcos observó cómo se iluminaba el túnel con la llegada del tren a la estación. Buscó el vagón que siempre ocupaba Ana y se dirigió hacia él para recibirla. Los días anteriores había vuelto a mostrarse ausente otra vez y estaba preocupado. Se colocó en un lateral mientras las puertas se abrían. Intentó distinguir entre los pasajeros que bajaban el rostro de su novia. Pero no la vio. Marcos sacó su móvil preocupado y revisó los mensajes. No había ninguno de ella. La llamó, pero el teléfono de Ana estaba fuera de cobertura. Volvió a revisar las caras de los pasajeros y se quedó sin respiración al creer ver a Dani entre ellos. No era él. No era posible. No lo era. Llamó de nuevo a su novia y el mensaje que escuchó fue el mismo: fuera de cobertura.

Escribo pequeñas historias, hilando fino, pinchándome los dedos porque no utilizo dedal. No me escondo: soy una cuentista.

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